Domingo, 25 de Febrero de 2018

"Año del Diálogo y la Reconciliación Nacional"

EL PAÑUELO BORDADO

Si la mujer le regalaba un pañuelo bordado a un varón era muestra de su amor y la gente que notaba ya sabía que era muestra de matrimonio y por lo tanto las familias los hacían casarse.

Esta tradición aun se mantiene en el anexo de Matará.
(Paula Campos M.)

WICHUKA

Uno de los eslabones de la cadena legendaria huarochirana, habla de numerosos jefes de behetrías locales autóctonas con nombres de cerros, en los yauyos quechuas.

En los pueblos de la zona sur de la provincia, particularmente en Santo Domingo de los Olleros y Lahuaytambo, se oye, en la voz de uno y otro adulto mayor, una vieja leyenda denominada Wichuka.

En tiempos de Pariakaka, mucho se hablaba, en la región, de la pobreza y calamidades de los wichukanos, por carencia de agua. Desde años atrás, la gente sufría de hambre y sed, porque la sequía nunca terminaba y sus manantiales iban secándose uno tras otro. De Wichuka, ponderaban su belleza y carácter varonil. Además, corrían historias de aventuras sentimentales, fantásticas, con el joven Warkinri, jefe y colosal guerrero lahuaytambino. Las hablillas, cada vez más frecuentes, acerca de la belleza de Wichuca y la desgracia de todo su pueblo, despertó en la mente de los jerarcas vecinos el deseo de desposarla.

El joven Warkinri, que conocía las caricias de Wichuka, adelantándose a los requerimientos amorosos de los jerarcas vecinos, envío a sus mensajeros a ultimar los arreglos de su casamiento. Le ofrecía agua de sus ríos a través de un canal que sus hombres construirían en un solo día. Los mandaderos jamás volvieron; fueron apresados, castigados y desollados en el camino, por los hombres del anciano Pariakaka, quien vivía enamorado de Wichuka.

Por su lado, los jefes hermanos que igualmente deseaban el amor y el encanto de la varonil mujer, se disputaban su mano en medio de alborotos y violentas discusiones. Los ánimos al fin se aplacaron y convinieron enviar a Wichuka, cada uno por su cuenta y riesgo, adornos muy hermosos de oro o de plata, para que elija el mejor. De esta forma uno solo sería el favorecido. Al instante cinco obedientes recaderos, convertidos en cóndores, tomaron vuelo llevando valiosos cargamentos.

Wichuka, enterada de las intensiones de sus vecinos, arrojó por los aires cuanto objeto llegaba a sus manos. Los sorprendidos mensajeros alzaron vuelo, y por veloces que fueron no lograron recuperarlos. Las reliquias cayeron en los cerros que hasta hoy se denominan Kuntur wasi (casa de cóndores) y Cenizo, desapareciendo en el acto como si las hubieran tragado la tierra.

Los cinco enviados, al ver fracasada su misión y sin las ofrendas, no regresaron a su tierra de origen, se quedaron para siempre en esas soledades. Desde aquella vez, se ven, en los peñascales de Kuntur wasi, cóndores de negro plumaje, cuello desnudo y golilla blanca; en Cerro Cenizo, a muchos otros sin golilla y con plumas de color oqque (plomo oscuro) parecido al cerro. Allí han vivido y viven, planeando raudos por los cuatro vientos, cuales guardadores de reliquias milenarias.

El anciano y poderoso Pariakaka  que había estado observando desdeñosamente las andanzas e ilusiones de los jerarcas vecinos, decidió sembrar el pánico en esas latitudes. Y en un momento inesperado, sin que nadie tuviera poder suficiente para impedirlo, lanzo descomunales rocas que fueron a caer en el territorio de Wakinri (Wallkini), y en las tierras de los cincos jefes, originando: derrumbes, destrucciones y espantos en sus pobladores. Restos de estos peñoles existen en Piedra Lima, al pie del cerro Walkini y en el paraje de Cruz de Laya (Naciente del río Lurín). Este último que habiendo llegado en uno de los cinco cerros, rodó hasta no parar en las profundidades de la quebrada, arruinando pueblos, represas, andenes, acueductos, de los jefes hermanos. Fue en esta catástrofe que los cinco jerarcas, aterrorizados, se desintegraron en cada una de las elevaciones que hoy vemos, casi juntos, como contemplándose mutuamente.

Después de la hecatombe, Pariakaka dio la orden de hacer llegar a Wichuka, su shausha (tinaja, cantarito) de barro, con tapadera de champa (masa de tierra con raíces, para detener filtraciones de agua) especial, llena de agua proveniente de los deshielos de sus nevados. Ella, sin comprender el verdadero valor de la ofrenda, lo precipitó al vacío desde lo más alto de su palacete. El cantarito en su caída por la pendiente Oeste, fue derramando gotas de agua sobre faldas, “cuchillas” y quebradas resecas. Al llegar a las cálidas tierras de Buena-Vista (Lurín), rebotó con fuerza, dejando su tapón y parte de su contenido, para finalmente hundirse en el inmenso mar.

Las gotas de agua originaron manantiales grandes y pequeños, transformando a las tierras estériles en áreas repletas de verdor. En Buena-Vista, surgió un manantial y una laguna de gran fondo, dando nacimiento a la extensa campiña costera dels mismo nombre. Y en el “ojo” abierto del manantial, extrañamente comenzaron a retoñar las raíces y a germinar las semillas atrapadas en la tapadera de champa ahí quedo: ichu y otros vegetales andinos de hojas menudas que crecen, únicamente, sobre tierras frías, en sitios donde se inicia la cordillera Pariakaka. Estas plantas nativas siguen brotando, se resisten a desaparecer, pase al tiempo transcurrido y las condiciones del clima cálido y húmedo de la costa peruana. “Sus aguas proceden de los nevados de la cordillera Pariakaka”, dice la gente.

El poderoso anciano, enterado del destino de su valioso obsequio, quiso escarmentar a Wichuka y a los suyos, quitándoles el agua que brotaron en sus campos resecos, para que nadie jamás pudiera vivir allí. Ordenó a sus hombres cavar un canal a fin de recuperar el líquido fecundador. Como los trabajos demoraban demasiado por la distancia a vencer y cerros que atravesar, desató una lluvia de enormes rocas desapareciendo, en contados minutos, poblados, manantiales, espacios floridos y chacras, quedando todo el área completamente asolado y desolado. Del pueblo principal no quedo ni rastros. Es por eso, dice la leyenda, sólo existen los manantiales que salvaron de milagro, y el perfil terreno esté quebrado como si peñones enteros hubieran caído encima, originando, por todos lados, grandes precipicios de caída vertical, barrancos, despeñaderos, derrumbes, quebradas atestadas de piedras que existirán por siempre. Fue en esta catástrofe que Wichuka se convirtió en un cerro rocoso, mirando a Warkinri, para toda la vida.

Los habitantes que escaparon del despiadado castigo, fueron a congregarse en las inmediaciones de los pequeños manantiales, dando nacimiento a centros poblados que superviven aún: Olleros, Matará, Chatacancha, Calahuaya, Mariatana, Huallanchi, Comalipa, Cuculí, Pampilla, Llaca Llaca y otros.

“Desde aquella vez, Wichuka y Wallkini, en las noches se silban, se llaman, conversan y hasta se visitan. Cuando están molestos, flotan en sus cumbres negros nubarrones, esparcen lluvias, dejan caer granizadas y disparan rayos tronadores. Esta leyenda no es un cuento, sucedió en la época de los gentiles. Allí están los cerros, quedan los pueblos en ruinas con nombres típicos, los andes, y canales de riego destruidos, Piedras Redondas, roca descomunal cerca de Condorwasi, Piedra Grande, en San Pedro de Matará, Piedra Lima, en la planicie de Wallkini. (Lima, viene del runashimi: rima, es decir, piedra que habla), el pedrejón, en la quebrada de Cruz de Laya. Peñascos raros como los que se ven en la cordillera Pariakaka” – comenta don Enrique Reyes, ollerrano el.*

* Datos proporcionados por mi tía abuela doña Oligarca Palomares (lahuaytambina, invidente desde su niñez), el profesor Hernán La rosa Nuñez y el ciudadano Enrique reyes Rodríguez.

Una primera versión fue publicado en 1960, en la revista escolar Wichuca pedagógico Nº1, y difundido por radio Nacional en la hora sabatina: Así es mi Tierra, a cargo de don Víctor Dongo Cassalino.

Su nombre encierra un mundo de remotos acontecimientos. En un cerro de aparente regularidad geométrica, con tres elevaciones puntiagudas en su cima , rocoso, mágico, de abismos perpendiculares impresionantes. Sobresale grandioso, entre otros cerros, desde todos los puntos del horizonte serrano. Es más visible desde Santo Domingo, aunque desde Olleros, capital del desértico distrito, por la presencia de cerros menores, no se percibe su airosa línea que motiva la leyenda.

Se llega a su máxima altura (4100 m.s.n.m.), únicamente, por el lado Este (Pampa de Buena – Vista), a través de una angosta gradería de piedra. Desde arriba, como de un balcón, se distingue mejor la hermosísima perspectiva de varios pueblos andinos (langa, Lahuaytambo, Santa Ana, San Damián, Tupicocha, y por debajo, adentro, a Antioquia), las mesetas, los cerros por donde serpentean las carreteras, las amenas chacras de espléndida fecundidad, las majestuosas elevaciones de Wallkini, Cinco Cerros y, allá lejos, al Este, un sector de los eternos nevados de la cordillera Pariakaka.

El territorio ollerano es accidentado y seco. Al Norte, Este y Sur, hay elevaciones pedregosas cubiertas de pastos naturales, de arbustos erizados y espinas. Al Oeste, hasta la infinita lejanía de la costa, descienden cerros pelados por falta de agua, lomas redondas y “lomos largos”. Carece de ríos, riachuelos y lagunas, sólo unos cuantos manantiales brotan en sus campos eriazos. Las lluvias invernales caen, mayormente en los pisos ecológicos altos.

Conforme una historia local, en este territorio pudo vivir, en el pasado distante, una población, bajo el poderío de Wichuka. Mujer joven, de carácter fuerte, tan bella como no había otra igual en la región; codiciada, a menudo no conseguida, por los cinco Jefes Hermanos, Warkinri y Pariakaka, jerarcas muy poderosos.

Los wichukas, año tras año, sufrían grandes necesidades por falta de agua. Cuando dejaba de llover en las partes altas, se agotaban los manantiales de las tierras bajas; se empobrecían los campos y hasta los arbustos espinados morían irremediablemente. Era imposible la crianza de animales.

Sucedieron tiempos en que sus manantiales, uno tras otro, iban quedándose pura piedra, originando grandes calamidades. Sus habitantes, viendo que la supervivencia se hacía cada vez más difícil y temiendo desaparecer como pueblo, suplicaron a Wichuka para que los llevara a regiones fértiles, pero ella nunca quiso emigrar; y tuvieron que resignarse a convivir con la hambruna, a seguir adorando al único manantial que les daba vida.

Cierta vez, llegaron a darse cuenta de las propiedades de una tierra maravillosa que abundaba en sus cerros pelados : la cuñicha (literalmente en runashimi: arcilla roja). A partir de entonces, sus mujeres aprendieron a confeccionar con ella cántaros, ollas, pampanas y vasijas de todo género, que los hombres trasladaban a pueblos lejanos, para cambiarlos en trueque por alimentos andinos, costeños y especies marinas. Con el tiempo, se hicieron hábiles ollas, únicas en la región, y la cuñicha llegó a hacer tan valiosa como el agua.

En este pueblo, con el transcurso de los años, sus hechiceros alcanzaron poderes secretos extraordinarios: provocaban lluvias aisladas. Para el caso, el “brujo mayor” después de riguroso ayuno y toda clase de privaciones, viajaba largamente, rumbo al Oeste, hasta llegar a las orillas del mar. Allí, en el peñasco donde revientan las olas más agitadas, recogía en su cántaro una flor de las aguas hacedoras de lluvia. Luego, retornaba, sin parar, por un camino de larga cuesta, lejos del poblado, hasta alcanzar la cumbre de cerro en la que brotaba, sin pausa, un hilo de agua dulce. En este manantial, los brujos en estricto ceremonial, destapaban el cántaro poco a poco, dejando escapar el vapor del agua marina, hasta que el cielo se cargaba de nube, espesa, negra, y se transformara en lluvia, sin truenos ni relámpagos como era natural en las alturas. Cuando el aguacero bajaba de los cerros, dice la leyenda, todos, como si fueran uno, recibían las primeras gotas, en sus rostros, en sus manos, danzaban y cantaban. Festejaban, día y noche, hasta ver cambiar sus tierras – abiertas como bocas – en verdadero campos de cultivo.

Este fenómeno lluvioso inducido, sigue manifestándose. Los habitantes de Lahuaytambo y de los pueblos cercanos del distrito de Santo Domingo de los Olleros al observar el color de las nubes que se mueven en la cima del cerro Wichuka, suelen anunciar la presencia de la llamada lluvia de los olleranos.

Fuente:
PUMAYAULI PALOMARES, Virgilio “La Rebelión de los nuevos Pariakakas Huarochiranos”. Lima-Perú. 2008.

LA PLANTA DE LUCUMO

Existe una planta de lúcumo en la parte alta de la peña Pumacaca, a un costado de la Laguna El Hondo, cerca de Matará. Se dice que en este lugar está encantado.
Se puede sentir en este lugar la presencia de un ser sobrenatural y si la persona llega a verlo desaparece y nunca regresa.